viernes, 2 de octubre de 2009

Bienvenido, mes morado





Cada vez que intentaba caminar sentía que el recorrido no tenía fin; que éste no tenía un destino. El sol abrazador imposibilitaba mi visión, solo se podía observar pequeñas manchitas moradas en el horizonte. El camino se hacía más estrecho en cuanto subía por Jirón Guayaga. Se notaba en el rostro de las personas desesperación, pero, al mismo tiempo, esperanza en encontrar aquella imagen por la cual habían venido desde tan lejos, ¿qué podían hacer para combatir contra los intensos rayos de sol?

Pasando las tres de la tarde el sol se puso sobre nosotros. Era una especie de desafío que, seguramente, Él nos impuso, ¿será cierto?, quizás son solo especulaciones mías. En este mes morado todo lo relacionado con la religión cobra vida propia.

 De lejos observaba gente vendiendo emolientes, no sé cómo ni el porqué de vender bebidas calientes en tanto calor. Pero, ése es su negocio y por algo aún sigue en pie. La joven que atendía el puesto parecía muy ocupada; sin embargo, no tenía mucha clientela, se la pasaba mezclando los líquidos con gran manejo pero solo pocas personas se le acercaron.

No sabía dónde estaba; un policía me dijo que subiera cuatro cuadras más para conseguir lo que buscaba. No podía esperar más. Las personas bajaban y subían por la pista. Grandes congestiones de gente impedía el paso, varios me miraron extraño porque estaba con papel y lapicero anotando lo que veía ¿qué importa?, seguí adelante.

El olor de las calles era una combinación de basura con las mezclas de todas variedades de las comidas que se vendían. Las pistas; llenas de cáscaras de naranjas y bolsas de algodón de azúcar. No podía pasar sin tropezarme con algo. Las calles estrechas se hacían más pequeñas con la cantidad de puestos de comida.

Siguiente parada: Avenida Tacna. ¿Qué había? Camionetas y carros llenos de turrones, literalmente. “Acérquese caserita… ¡ricos turrones suavecitos!... a cinco soles la cajita mamita, cómprelo que está fresquito recién hechecito”. Acercándome noté el gran trabajo que hacían para cortar los pedazos. No quise comprarlos después que vi que las grandes herramientas utilizadas eran sus manos. Un cliente menos para los turrones Doña Pepa.

Al momento que seguí me di cuenta que en toda la pista estaban dichos carros con diversos productos: turrones, panchos, y el rico hígado frito que se remataba a cincuenta céntimos.

…“Pruebe los ricos turrones San Jorge”, “pásame una caja”, “rico mamita”,” ¡compruebe la delicia!... “hágale probar a la señora, ¡sin compromiso!”, “viene con su caja de garantía”…

Cada momento que pasaba quería comer, pero no podía, algo me lo impedía.

Los residuos de turrón en el piso y en las mismas fuentes no me daban la confianza necesaria, ¿debí hacerlo? Quizás fue mejor así.

Al cruzar el óvalo un cartel llamó mi atención, este decía: “Asociación Festival del sabor peruano de Lima Metropolitana les da la bienvenida”. Las filas de ollas y platos eran enormes, las cocineras vestían chalecos de tela blanca y un gorro o sombrero que las protegía del sol. Se notaba que la mayoría era una gran cocinera y una que otra ayudaba a limpiar. Todas ellas eran mayores de los cuarentas y sus rasgos físicos me daban a entender que eran amas de casa o trabajadoras con experiencia en la cocina. ¿Asertivas? ¡Claro! Personas educadas y dispuestas a ofrecer lo mejor en la calidad de sus productos.

Nunca pensé que tal negocio pudiera funcionar tan bien. Era todo lo contrario a lo que alguna vez leí en uno de los libros cumbres de la literatura Un Mundo para Julius, en donde Bryce menciona que el área de servicio era como un lunar de carne en el rostro más bello, en este caso era todo lo contrario.

La gente comía gustosa mientras era espectadora de un show callejero en donde un hombre se ganaba la vida imitando a los personajes de la farándula.

Seguí mi recorrido; subía más y, sí, el sol era mi único acompañante.

Vendedores de todo tipo se acercaban y ofrecían comida. La gente llevaba a sus hijos en las carretillas llenas de fresas frescas listas para vender a un sol el kilo. La famosa chicha morada no fue la excepción. Grandes puestos ofrecían dicho líquido, seguramente querían recuperar los mares de esfuerzo reflejados en las pistas y que nadie se molestaba en limpiar.

Humitas de todos los tipos y tamaños, leche asada con torta de chocolate en vitrinas expuestas al sol durante varias horas, picarones recién freídos.

Lo que más me llamó la atención es que casi todos los vendedores tenían el chaleco de tela blanca y algún otro accesorio, le pregunté a una de las picaroneras y me dijo que era solo su uniforme para vender. Yo supongo que eso da imagen de higiene o quizás tiene algún otro significado. No lo pude descubrir.

Las causas y los rocotos rellenos estaban por todos lados. Ofertas increíbles que casi nadie desperdiciaba. Tacacho con cecina, escabeche y frejoles. Me moría de hambre, debo aceptarlo, dije que algo me detenía, pues supe qué era: no tenía dinero.

El día pasaba rápidamente, eran las tres de la tarde y seguía caminando. Las vendedoras, probablemente, estaban desde las seis o, tal vez, antes. Ninguna mostraba signos de decaimiento ni cansancio, todas seguían con el mismo empeño, la misma sonrisa que con mucho esfuerzo lograban al conseguir el afecto de la “caserita” y el mismo valor que solo la mujer peruana tiene: la perseverancia. ¿Cuál era el destino que perseguía? Seguramente lo encontré sin siquiera notarlo.


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