miércoles, 7 de julio de 2010

Sinónimo de vida

Durante el proceso de estos meses he sido testigo de cuánto puede cambiar lo que uno pensaba... de cómo uno va evolucionando poco a poco hasta llegar a ser el mejor, cosa que nunca pensé que pasaría despues de un inicio atroz y de querer tirar la toalla en más de una vez... en como la amistad puede fortalecerse o nacer con personas que nisiquiera pensábamos que podría pasar algún contacto...  en cómo algo que pudo ser el inicio de un gran negocio se desvaneció, pero dejó los rezagos de una gran experiencia para todos los que participamos, en especial yo... Estos solo han sido 6 meses desde que inició el año, pero es increíble la cantidad de experiencias que alguien puede haber tenido.


Esta no es la excepción, puesto que volver a escribir después de 5 meses merece comenzar con algo interesante. Comencemos.


La verdad soy bien flojo para hacer las cosas y, si en este caso, Diego, mi amigo que estudia biología,  no me hubiera llamado para hacer una "obra social" que jamás se me hubiera pasado por la cabeza, hubiera seguido durmiendo en mi cama un sábado como cualquier otro; sin embargo, ya le había prometido que iría así que tuve que hacerlo. Levantarme a las 8 para recoger a mi amigo y llegar a la Agraria a las 9... que flojera por la puta madre, pero fue... ya estaba ahí. Creo que era el único que no era de la universidad, casi todos se conocían y yo estaba perdido, solo me puse mis audífonos y me puse a ver por la ventana cómo el paisaje iba cambiando conforme nos alejábamos de la ciudad.


El camino es largo... llevó algo de hora y media llegar a Pachacamac en donde comenzaría nuestra travesía. El pueblito en donde fuimos recibidos se llamaba "Picapiedra", un nombre fuera de lo común; era un lugar súper alejado, rodeado de desmontes, cerros y un sol de mierda que nos quemaba. ¿Qué íbamos a hacer?... Una pequeña escolta de vecinos que nos recibió -no recuerdo el nombre- y nos guió a una especie de cerca donde habían pequeños retoños de árboles, una pala y dos carretillas. Todos ayudamos a recoger los pequeños árboles y ponerlos en las carretas, delicadamente. Nos mobilizamos hasta el centro del pequeño pueblo y nos dijeron que íbamos a separanos en dos grupos.


- Un grupo irá al cerro y el otro irá a la ciudad en donde los huecos ya están listos para que los árboles sean plantados.


Yo dedicí ir a la cuidad, porque al ver el cerro me desanimó la idea de subir y bajar no sé cuántas veces para plantar así que fui por toda la carretera con otros chicos. 
Creo que éramos solo 5, yo estaba llevando el compost (abono), un pata manejaba la carretilla, una chica ayudaba a que no se caiga la carga y dos o 3 señores estaban con nosotros también.


Llegamos a las primeras casas en donde los huecos ya estaban listos, pero... ¡carajo, eran miles y miles de huecos para solo una casa! El proceso fue el mismo, primero hacer el huequito no tan profundo para que el árbol no esté totalmente tapado, se pelaba, porque era un cilindro de tierra y arriba una pequeña ramita que yacía, era una vaina que tenía que hacerse con mucho cuidado, porque la tierrita que protegía las ramas de los retoños podría desmoronarse; ahora el abono y el agua. En Picapiedra el agua es escasa, cada casa tiene su propio abastecimiento de baldes.


El camino fue largo, yo estaba con la carretilla tratando de que la carga no se caiga porque se balanceaba un poco, el sol de mierda no dejaba de quemar en un verano que era insoportable para nosotros, algunas personas no estaban en sus casas obligándonos a regresar por otro camino... ¡Qué vaina!


Estabamos muertos, trabajando desde hace 2 ó 3 horas y, felizmente, llegaron unas señoras con una jarra de chicha. Todos los niños salieron de sus casas y se amontonaron dejándonos a nosotros últimos... Desde ese momento los niños y adolescentes del pueblito hicieron su aparición, pero ¿ayudaron? No.


Cuando pensé que todo ya había terminado entramos a un lugar enorme lleno de huecos... sí, era un colegio... No había más que hacer, empezamos otra vez. Atrás había una fuente subterránea de agua donde fui a llenar los baldes para regar los retoños, era un poco hondo, tenía que meter todo mi brazo para llenar una botella y recién llenar los baldes. Unas niñas me ayudaban a llenarlas, los niños trataban de llevarlos, mientras que los mayores estaban en la sombra observando cómo nos rajábamos por su pueblito.


El sol estaba cada vez más fuerte y me quería lavar la cara, pero el agua estaba muy sucia como para hacerlo; solo tenía que aguantar. Creo que estando en el colegio yo me la pasé más tiempo recogiendo agua mientras que los demás plantaban los árboles, recogí tanta que creo que al final sobró... pero bueno... ¡ya no habían más huecos!


Exhaustos, fuimos a reunirnos con los demás al cerro. Algunos estaban con la cara sucia o llena de sudor, mientras que OTRO estaba totalmente seco mandando mensajes o tomando fotos... no olvidaré a ese chico de camiseta rosada que fue el primero en estar en la cola para almorzar y fue, también, el primero en subir al bus para regresar... lo más extraño es que él no parecía haber hecho ni un carajo.


Al momento de almorzar nos sentamos en una especie de local sin techo, donde las sillas formaban una "L" horizontal y cada uno esperaba su comida, yo estaba muerto de hambre, porque no había desayunado y más toda la chambaza que tuvimos... la comida estaba muy buena, tanto así que quería repetir... no esperaba que estuviera tan buena, sinceramente. Al momento de comer hubo un silencio, nadie estaba hablando, todos estaban concentrados en su plato. Al terminar, el encargado de que los jóvenes estuviésemos presentes dió unas palabras de agradecimiento, nos regalaron algunas cositas -que por ahí deben estar- y nos despedimos para dejar atrás una pequeña ciudad que, a pesar de que al inicio fue algo trabajoso, que nos recibió con los brazos abiertos y nos despidió igual.


Ahora de regreso a nuestra realidad, Lima la gris.





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