martes, 11 de agosto de 2009

Made in Pucallpa


Él dormía en un ambiente gélido donde cada paso se sentía más próximo que el anterior, las camillas donde yacían los pacientes rechinaban por el óxido; los gemidos de los pacientes recorrían todo el hospital, donde solo un muerto podría descansar.


Las guardias son “tareas” por las que todo estudiante de medicina tiene que pasar, debe sentir la sensación y la presión de estar trabajando y que en cualquier segundo un paciente puede estar en peligro de muerte.


El ambiente de la casa andaba cargado; el ambiente no era el propicio para realizar preguntas. Al principio pensé que sería otra “historia de médicos”; sin embargo, al cabo de unos segundos no paraba de escribir.


Sus ojos, negros en la oscuridad de la intemperie y casi castaños con el primer rayo de luz de las mañanas, me hablan de un mar de secretos oscuros en lo más profundo de su alma; su piel canela reflejaba largos días de trabajo, y sus cicatrices, el sufrimiento por el que ha pasado y que ha dejado marca, tanto afuera como adentro.


Transportes Arellana trajo una mañana de verano a muchos viajeros de provincia que querían probar suerte en la capital, uno de ellos era Mauricio, un niño de diez años acompañado de su mamá, un pasaporte y unas cuantas maletas donde llevaba lo prioritario para vivir. Ambos llegaban desde Pucallpa porque Mau, como lo llamaban, buscaba un mejor destino en una ciudad donde ya no habían árboles, ríos ni animales, sino edificios, gran cantidad de gente, contaminación y taxis acosándolos para que utilicen su servicio.


El colegio Pedro Lavarte fue el escenario donde vivió parte de su niñez y toda su adolescencia. “Los primeros años fueron un martirio”. Como él tenía el “dejo” selvático, sus compañeros lo utilizaban para burlarse. Se sintió discriminado.

Por un momento le pasó por la cabeza regresar a su tierra porque sentía que no encajaba, talvez una respuesta inadecuada fue el aislamiento; sin embargo, esa no fue excusa para descuidarse en los estudios, por ello siempre ocupaba los primeros puestos de su promoción. Años después se dedicó al deporte, llegando a ser subcampeón escolar en 800 metros planos; y además, integró la banda de música, siendo el trombonista de bara de su colegio.


Todo cambió desde el tercer año de secundaria. Conoció a un nuevo profesor que dictaba la clase de anatomía y que fue el que lo inspiró para seguir la carrera de medicina, su nombre era el doctor Lavado.


Siempre pensé que la carrera de médico era algo del otro mundo donde pocos “sobrevivían”. Mau fue una de las pocas excepciones. Para él no fue tan difícil, solo tenía algunos inconvenientes personales, pero con esmero y preocupación logró sobreponerse a cualquier problema.


-Como en esos tiempos no tenía dinero y tenía que trabajar para sobrevivir, empecé a dictar clases preuniversitarias en La Sorbona, cerca de la actual vía expresa-recordó-.


Los momentos más importantes que ha vivido fueron dos, uno de ellos fue cuando se colegió en el Colegio de Médicos del Perú. Sintió gran felicidad por haber cumplido una meta que él mismo programó. En esos momentos recordaba los duros instantes que tuvo que pasar debido a su situación económica.


Trabajar y estudiar fue arduo. Sus días como profesor de academia lo remontan a esas emociones llenas de envidia por sus demás compañeros. Todos ellos tenían una casa en donde les esperaba un hogar cálido, un plato de comida caliente preparado por sus madres a quienes después les contaban sobre como les había ido en el día. Mau, en cambio, buscaba un ambiente propicio para poder estudiar. Por ello, el colegiarse fue una de las experiencias más emotivas que tuvo.


El segundo momento más importante fue cuando se casó. “Un individuo queda totalmente realizado como persona cuando organiza una familia. Al mantener una responsabilidad como ésa, la vida adquiere más sentido”. Sinceramente, yo discrepo un poco con esa reflexión, porque, actualmente, estar casado no es un requisito indispensable para sentirse realizado, todos es cuestión de cómo saber encaminar tu vida.


A los que son médicos les da mucha pena ver morir a la gente, se sienten impotentes frente a la desgracia personal. Todos en algún momento se han preguntado: “¿para qué demonios existe la medicina?”

Es normal hasta que uno se acostumbra a sentir la frustración del trabajo, porque no todos los pacientes pueden recibir el beneficio de la curación.


En una oportunidad, tuvo una paciente con diagnóstico de fisura estercorácea, en donde, a través de la pared abdominal, la paciente eliminaba materias fecales.

La paciente estaba al cuidado de Mauricio y pedía ayuda a gritos, literalmente. “Hicimos lo que estaba en nuestras manos, pero un día murió cuando la atendía”. Él tenía 28 años y fue la primera de muchas experiencias que pasó en su vida como médico.


-Me acuerdo mucho que en ese caso me quedé con ella noches enteras para intentar “salvarla”, sabía que era difícil, pero lo intenté. Mi decepción se refería a que como se trataba de un caso grave, yo ya sabía que iba a morir, pero no quería aceptarlo; yo luchaba con el propósito de ayudarla, aún sabiendo que mi trabajo era inútil.


Mientras escribía, no podía mantener la mente fuera de aquellas escenas, incluso me sentía dentro de ellas. El sentimiento de la pérdida era algo compartido entre entrevistante y entrevistado. La hoja de apuntes: empapada de sudor.


Otro caso se refiere al de una paciente muy anciana diagnosticada con diabetes mellitas en fase terminal.


La circulación estaba faltando en sus miembros inferiores debido al proceso de la arterioesclerosis y, en este caso, a pesar de los tratamientos los pacientes progresan negativamente y, por ese motivo, se tomó la determinación de intervenirla quirúrgicamente a través de una amputación.


Entraron a la sala de emergencia una noche y procedieron a intervenirla quirúrgicamente y, durante el acto operatorio, el médico jefe lo “obligó” a cortarte el miembro con el instrumento del caso. El jefe sabía que Mauricio se había encariñado con la señora, por ello le designó tremenda tarea, la cual fue sumamente difícil por el cargo emocional.


Fue una experiencia bastante especial porque se trataba de su primer paciente quirúrgica en el internado. Le dio mucha pena cortarle la pierna desde el muslo porque se estaba pudriendo a causa de una gangrena, pero más pena le dio verla morir por el deterioro natural. La abuelita finalmente falleció, fue algo muy impactante para él.


-¿Alguna vez viste la muerte cara a cara?

-Sí, muchas veces, ya sea por el trabajo o por alguna adversidad que pasé en los viajes a Ayacucho en época del terrorismo, pero esa es otra historia.


Cuando pasó por la antigua fraternidad de Lima, que ahora se llama Instituto Materno Perinatal, se tuvo que encargar de una joven que ingresó a su servicio con el diagnóstico de aborto incompleto e infectado. Había sido mal abortada por una comadrona que no era médico y que sembró gérmenes en la intervención.


Durante tres días peleó contra la muerte porque la paciente estaba en un estado crítico, hasta que el cuarto día sucedió lo inevitable. Ese día, estando con ella, se cogió de su antebrazo muy fuertemente y, balbuceando, sin voz; le decía que la ayude.

Su piel estaba muy rígida, no podía soltarse y, estando en esa posición, dejó de existir media hora después.


“Desprenderme de ella fue una tarea que me llevó mucho tiempo, estaba paralizado por la impresión y por la rigidez cadavérica”, en total pasó una hora.


En su profesión, el médico tiene que vivir inicialmente una gran cantidad de experiencias muy particulares y totalmente diferentes de otras profesiones, porque luchar contra las enfermedades, sobretodo con pacientes críticos, no siempre se triunfa y las veces que no tienen el éxito que se espera te deja la sensación de que uno es un inútil y que todo lo que se ha aprendido no sirve para nada, pero poco a poco, y en el ejercicio de la profesión, uno va madurando y dándose cuenta que, definitivamente, uno debe aprender a perder contra la muerte. De ahí la necesidad del que el que estudia esta carrera debe estar debidamente preparado para afrontar estas frustraciones que se presentan como “normales”.


No paraba de escribir, inclusive quería escuchar más; escribir más, pero no podía porque el tiempo libre se había terminado. Saliendo de la sala, la temperatura bajó, el nerviosismo se había ido y sentí que estaba más unido con mi entrevistado. No fue una tarea sencilla, puesto que experiencias de ese tipo no se consiguen de forma sencilla.


Siempre tuve una duda en todo el tiempo que conozco a Mauricio, siempre he notado que tiene una cierta dificultad para caminar: cojea. ¿Gajes del oficio?

Debe ser una cicatriz externa de sus tiempos de atleta, pero esa ya es otra historia.

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